El Alzheimer toca a las puertas de ricos y pobres. No tiene tarjeta de visita ni preferencias. ¿Quién no recuerda el caso de Ronald Reagan?
Si bien es verdad que la mayoría de los afectados superan los 65 años, los primeros síntomas se pueden presentar a partir de los cuarenta.
La enfermedad no es un monstruo devorador de vidas. No basta la resignación. La esperanza, por el contrario, es activa, ardiente, gozosa. La esperanza descubre en la enfermedad, por terrible y tremenda que parezca, un estado, una etapa y parte de la vida.
La enfermedad no crea víctimas, sino calidad de vida. Vida de una persona, de un ser humano, aunque haya perdido la memoria y sus facultades.
Y esto es un reto para quienes viven a lado, se desvelan y cuidan con sacrificio a sus seres queridos. Entonces los días se alargan y tienen "treinta y seis horas".
No es fácil porque el amor y el cariño llevan al conflicto de lo que se quiere hacer, lo que realmente se puede y lo que se debería hacer por el enfermo.
Si alguna vez te toca sufrirlo en carne propia o verlo en otro, recuerda que el Alzheimer no hace "niños grandes que se mueren poco a poco". Cualquier paciente, sumido en la más grave enfermedad, capta y agradece el cariño, la ternura y el amor.