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Charo Aldamaren Ipuina "EL DIA DE SER FELIZ"

EL DIA DE SER FELIZ

 

Cuando los presentaron en aquella fiesta de amigos comunes, en el apretón de manos ambos sintieron como si un imán les impidiera soltarse. Quedaron varios días para salir a tomar un café, luego al cine, a bailar, a cenar, y después de muchas citas comprendieron que el amor de había instalado con fuerza entre los dos...

Pasaron muchos días vagando de la mano por las calles, hambrientos de confidencias y conscientes de que no podían pasar un momento del día o de la noche separados, comenzaron una vida juntos llena de promesas de días futuros maravillosos. El propósito de estar unidos hasta que la muerte los separara, era irrevocable.

El, al final de su trabajo corría literalmente al encuentro de su amada, que le espera arreglada como para una fiesta. Abre la puerta de su casa con su mejor sonrisa y refugiándose en sus brazos, una lluvia de besos se le escapa de los labios.

Juntos preparan la mesa y disfrutan de una buena comida, la que a él más de gusta, preparada con mimo por su compañera. A continuación de sientan bien juntitos y mientras toman el café, las miradas llenas de ternura se encuentran siempre a medio camino. Llega la hora en que él repasa la crónica de deportes del periódico y ella toma su labor de punto para continuar un jersey que está tejiendo para él. El ambiente es cálido, pero no por la calefacción sino por el calor del amor que desborda de sus corazones.

Ella vivía flotando en su burbuja hecha de ilusión y felicidad, hasta que una amiga le insinuó que no se confiara tanto, que alguien le había visto acompañado de una morena espectacular. No daba crédito a lo que le decían, sencillamente porque no podía, era incapaz de creer algo senejante. La evidencia llegó cuando un día sus propios ojos contemplaron atónitos la realidad. Desde la calle, compobó que el hombre que lo era todo para ella, se encontraba en una cafetería acompañado de una chica guapísima y más joven que ella. Sus manos enlazadas sobre la mesa, los pies de él abrazando los de ella, mientras se inclinaba susurrándole algo al oído.

Los ojos se le pusieron enormes de sorpresa y con la mano de tapó la boca para que no se le escapara por ella el corazón.

Necesitó apoyarse en la pared para no caer, respiró hondo y decidió enfrentarse a la dura realidad.

No hizo ningún drama ni lloró ni dio ningún espectáculo. Simplemente, entró en el establecimiento y colocándose frente a él le miró fijamente a los ojos. No pronunció palabra alguna. Conociéndose como de conocían, esa mirada bastó para que él supiera que no tenía nada que decir para disculparse. Aquello que fue tan bonito, había terminado para siempre.

Rota de dolor, con unas ojeras profundas y como si fuera un espantapájaros, comenzó un largo deambular por las calles. No tenía idea de donde se encontraba. Si alguien la saludó, no respondió, porque tampoco era consciente de las personas que pasaban a su lado. Sus ojos inexpresivos parecían los de una perra apaleada. En su caminar dando tumbos, llegó hasta la playa. Hacía frío y no había bañistas. A su alrededor, sólo silencio y soledad. En su interior, la convicción de que hay momentos en que la ingratitud del amor es más fuerte que el deseo de vivir.

En el cielo, haciendo juego con su subconsciente, campaban a sus anchas unas nubes gordas y negras que parecían fantasmas que se hubieran ensuciado de hollín al escapar por la chimenea de su castillo encantado.

Lo veía todo tan negro que decidió poner fin a tanta desdicha. Con paso decidido, se metió en el mar con la firma intención de no dar marcha atrás. Ella sabía que el vieje no iba a ser largo, puesto que no sabía nadar.

Paso a paso, se fue alejando de la orilla. El agua le llegaba casi a la cintura y su caminar se iba haciendo cada vez más inseguro. La arena fallaba bajo sus pies, cuando vio flotando a su lado una botella que contenía algo en su interior. En su estado de ánimo tan deteriorado, se imaginó que una hermosa sirena había agitado con su cola de plata las aguas para acercar hasta ella aquel mensaje. Cuando lo tuvo en la mano, leyó lo siguiente:

"¡Hoy es el día de ser feliz!. No tienes ningún otro día más que el de hoy para vivir plenamente y estar alegre y contento. Ayer ya pasó y mañana no ha llegado todavía. El día de hoy es el único que tienes en las manos. Haz que sea tu mejor día". PHIL BOSMANS.

Aquellas palabras le hicieron reaccionar y aunque le costó un poco afianzarse con los pies en el suelo, consiguió recuperar el equilibrio y con él el sentido común y comenzar el regreso a la vida. Llegada a la orilla, cansada pero muy lúcida, se tendió boca arriba cuan larga era y contempló el cielo del que, acosadas por los rayos de fuego del Sol, habían desaparecido las feas nubes que antes lo cubrían. Tomándose esto como en buen presagio, decidió expulsar de su vida los nubarrones anteriores y comenzar una nueva etapa no dejándose influenciar por las cosas negativas. Algo íntimo y fuerte hierve dentro de ella y de nuevo vuelve a sentirse viva.

Antes de levantarse de la arena, revisa su situación y rebobina toda su vida con sus alegrías y sus penas. Decide no dejar que estas últimas ganen a las primeras, y que las personas ingratas no merecen que echemos a perder nuestra vida por ellas.

Incorporándose con garbo, no parece la misma persona que llegó hace un rato encorvada y hecha un guiñapo humano.

Camina hacia su casa con paso decidido y dispuesta a comenzar de nuevo aprendiendo a quererse a sí misma y disfrutar de cada momento futuro.

Lo primero que hace es comprar un bonito ramo de flores y colocarlo en el sitio más visible de su casa.

Nota que su estómago está vacío y hambriento. Abre la nevera y se toma un bocadillo de jamón y un refresco saboreándolo como antes nunca lo había hecho.

Del fondo de su armario saca aquel trajecito de chaqueta que estrenó pata la boda de su prima y que no había vuelto a ponerse porque le parecía que tenía la falda demasiado corta. Dirigiéndose al tocador pone un esmero especial en arreglar su cara. Una sombra por aquí, un poco de rímel por allá y sus mejillas y su boca coloreadas discretamente como hiciera en otro tiempo. Se ha puesto tras las orejas dos gotitas de aquel perfume tan caro que él le regaló en aquellos días felices e inolvidables que pasaron en París y colgándose al hombro el bolso más nuevo, sale a la calle.

No va a ninguna parte, no sigue un rumbo concreto, pero inconscientemente sus pies la llevan hacia el parque. Allí, sentada en el mismo banco en que tantas veces había sentido las cálidas caricias y los besos enamorados de su persona más querida, decide olvidarse de todo lo pasado o, si no le es posible olvidar, al menos volver a sentir la vida a su alrededor.

Por la otra orilla del parque aparece una parejita de muchachos muy jóvenes y, navaja en mano, se disponen a grabar sus nombres en el tronco del mismo árbol en que un día ella se encontró en la misma situación con su novio. Se asombra al comprobar la serenidad con que lo recuerda.

Abre todos sus sentidos a la Naturaleza que le rodea, a las flores que huelen, a los pájaros que se arrullan construyendo sus nidos, a los niños persiguiéndose con sus grititos y sus risas incontrolables...

Hasta el arco iris quiere sumarse a su renovada alegría apareciendo como un presumido pavo real que extiende orgulloso sus colores.

El ambiente es agradable y no se percata del tiempo que transcurre. Los niños ya se han retirado y anochece. El Sol se ha ocultado dejando tras de sí el misterio de su manto azulado.

Cuando por fin aparece la luna como un gran broche de oro prendido en el firmamento, comienzan a llegar las parejitas de enamorados buscando la soledad y el refugio del parque. La señora de la noche, muy discretamente y con un gesto de complicidad, echa mano de su abanico de nubes y cubre su cara regordeta proporcionando una semipenumbra que invita a las caricias y a los susurros.

Es hora de regresar y con una gran paz llega a su casa. Al entrar, mira al espejo de reojo y se siente halagada por lo que ve en él. Es una muchacha guapa y aún joven con una sonrisa muy bonita. Se enfrenta a la imagen y extendiendo su dedo índice hacia ella le dice:

-Te prometo solemnemente que a partir de mañana, todos los días al despertar me diré a mí misma: "HOY ES EL DIA DE SER FELIZ".

 

[ Albisteak Sumariora Itzuli ]